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En busca del tiempo perdido En busca del tiempo perdido
Carmen Hernández Abad

En busca del tiempo perdido

Mario Hinojosa

Hay peregrinaciones secretas y caminos imaginarios que siempre conducen a Swann y de los que es difícil escapar sin rasguños.

La pantalla del móvil iluminó la habitación en penumbra de mi casa en Teruel, así empezó el extraño encargo que recibí, o mejor, la misión de la que no iba a salir indemne.

Puse gasolina como quien alimenta a un caballo sediento, y tracé un plan. Subí el volumen de la radio, Napoleón solo y su canción “Perdiendo el tiempo”, y vi claras las señales que me decían que desistiera de mi empeño; lógicamente no les hice caso. Ante mí se abrió con la intensidad de una radiación un paisaje rulfiano, tan evanescente como silencioso. Pueblos agarrados a la tela de araña de la red de carreteras que con sus tentáculos asfálticos repelen y atraen en un equilibrio imposible. Pasados unos kilómetros hacer cumbre en el Esquinazo como un anti Edmund Hillary de motor Volskwagen que cree vislumbrar una base interplanetaria idónea para la abducción extraterrestre, y llegar al puerto de San Just con el mal de altura afectando a mi visión, porque en realidad lo que hay allí son gigantes, ¿no?

Me detengo apenas unos segundos y de fondo diviso Alloza, siempre me ha gustado asomarme a los balcones, ese vértigo, esa adrenalina, y de golpe un estallido de colores, de olores y formas, de vida salvaje e indómita que aparece sin previo aviso. En ese instante pienso en Arlés y en Gauguin y me imagino a Van Gogh cortándose la otra oreja por plasmar con su oleaje pictórico un puñado de olivos centenarios.

Desciendo a Andorra como si fuera de la mano de Dante, y rodeo su cintura de casas gemelas y doy la espalda a San Macario porque a veces la metamorfosis del dolor es una herida abierta que no para de sangrar. Y escarbo en la memoria del adolescente que disputó un ascenso en el Endeiza y que acabó con una tarjeta roja y una derrota anunciada.

Me dejo llevar por el vaivén de las curvas, es agradable, y en el horizonte se levanta la Central Térmica, surge como un zombi que va perdiendo piezas de su fisonomía mutante. Un ingenio soberano que poco a poco se esfuma en el espejismo desértico de las ruinas de Babel. Llego a Híjar y me acuerdo del profesor Enrique Serrano y sus orgías literarias y del poeta Víctor Guíu y su imponderable búsqueda de la justicia, no sé si poética, me pregunto, ¿acaso hay otro tipo de justicia?, y el río Martín que da nombre a una comarca y a uno de mis hijos.

Y mi destino surge sobre una colina, Samper de Calanda. Aparco junto a la iglesia, el calor es asfixiante, y Alfonso aparece de la nada, carne y hueso a punto de derretirse, así que lo primero que hace es buscarme un sitio a la sombra para el coche y a la vez recoger vasos de plástico del suelo, un alcalde es un alcalde, pienso. Y me habla de las fiestas patronales y charlamos sobre el futuro, sobre las oportunidades, sobre el tren, sobre lo que nos preocupa y alguna maldad también.

Pero está inquieto, es festivo local y hay algún problema, un alcalde es un alcalde vuelvo a pensar. Y monto en su coche, la tapicería arde, y como en un sueño me dice: “Mario, nos vamos al depósito”. Empiezo a ver cadáveres apilados, la muerte por todas partes. Entramos y me sigue: “Este es el viejo, hay otro nuevo, luego iremos, sube estas escaleritas y verás”. Ya está, subo despacio y todo tipo de imágenes luctuosas me atormentan. Arriba solo un hilillo de agua que en principio confundo con sangre, “se ha roto una pieza y no llega el agua a algunas partes del pueblo”. De agua, de agua es el depósito, suspiro mientras pienso, un alcalde es un alcalde. El bochorno, las cigarras, y el calvario, todo eso y una misión que ya había olvidado.

Me planto en un espacio para hablar del proceso creativo, de poemas, a recitar, y en ese momento me doy cuenta de que el fresco de la sala admite dos realidades paralelas, la de la atención y la del sueño, mientras unos abren los ojos, otros los cierran, solo el final rompe estos dulces trances.

Me despido como un escapista y el atardecer ilumina un mundo incierto donde todo parece brillar de nuevo.

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