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Ana I. Gracia

Recuerdo todo de aquel 14 de diciembre. En tu pueblo ha habido tiros. Un muerto. ¿Iranzo padre o hijo? Dos muertos. Tres muertos. La fuga. Lleva pistolas.

Llegan los bulos. Que si se ha atrincherado. Llamadas al Gladys. Nadie descuelga. ¿Se habrá cargado a todos? Alguien comparte que alguien ha escuchado más tiros.

Localizo a mi padre, a mis hermanos, a mi sobrino. Que nadie salga de casa. Siento alivio pero siento miedo. Los telediarios abren sus ediciones con Andorra. Llega la madrugada. La detención. La llamada: “Si es tu pueblo, no dejes el caso. A este individuo lo tuvieron que pillar… cuando… lo de Albalate”.

Huyo de los aniversarios tanto como de la compasión, pero hay muertes que pesan más que otras. Los asesinatos de Víctor, Tote y José Luis -se cumplen cuatro años el martes-  ocupan ya un hueco en la parte más vergonzosa de la conciencia social que puede legar un país: la dejadez, el abandono y la mentira tapan la verdad de una realidad que en privado ya nadie niega.

Me aburre repetir lo que es obvio, pero alguien tendrá que explicar las cosas que siguen sin tener sentido. ¿Cómo puede un asesino reincidente pulular por nuestros campos tan pancho, a plena luz, tantos días? ¿Por qué no se activan los GRS con el tiroteo de Albalate?

¿Quién paga el letrado del acusado? ¿Por qué el abogado de Iranzo no usó su tiempo en el juicio para poner un espejo en la cara a los guardias civiles que pasaron aquella tarde en Valdoria?

Guardaba en el cajón dos peritajes del teléfono de su representado, unos documentos que hubieran reventado las declaraciones de la benemérita cuando las cámaras de todo el país grababan aquella sala.

Las familias, atravesadas todavía por un dolor inagotable, no tuvieron suficiente con haber perdido un ser querido, no.

Llevan cuatro años abandonadas de la forma más mezquina que existe: que policías y jueces no cumplan con su obligación de investigar los hechos y juzguen a los responsables de que fallara todo lo que pudo fallar antes de que el ruso los acribillara.

Sus allegados han tenido que ver también a una clase política que por delante les llenan de esperanza: estamos con vosotros, os vamos a ayudar pero, por detrás, nadie obliga a nadie a que se asuman errores con el único propósito de corregirlos y que nadie pase de nuevo por semejante desgracia.

A saber qué objetivos partidistas esconderán o cómo de gorda será la mentira para que se metan tanta mierda en sus propios bolsillos.

Quienes miran hacia otro lado tienen nombres y apellidos. Ellos, y los que guardan en su conciencia la verdad, son la cruz de esta moneda. La cara la componen una legión de personas anónimas que han ayudado de mil maneras, solas frente a un aparato estatal cobarde que no está dispuesto a que alguien desnude públicamente sus miserias por incapacidad manifiesta o por pura dejación de funciones.

Nadie reclama justicia por sed de venganza, créanme que no. Solo se necesita saber la verdad de los hechos para que el asesinato de estas tres personas, tres amigos, tres hijos, tres vecinos, sea tan real para toda la sociedad como lo ha sido para el Bajo Aragón  durante estos cuatro años de silencios.

A veces me preguntan por qué sigo insistiendo en saberlo todo, si los muertos no volverán. No, no, ya ninguno escapará vivo de las garras de su asesino, pero solo encajando todas las piezas se aliviará el dolor, porque es lo que sigue oculto, lo que se guarda, lo que quema por dentro.

Yo lo hago, el seguir preguntando, por el infinito placer que siento cuando coloco la palabra al servicio de una causa justa. Y lo haré hasta que triunfe la verdad de los valientes, hasta que se descubran todos los cobardes, hasta que paguen los responsables. Esa es la Gran Medalla a título póstumo que este país aún le debe a Víctor, a Tote y a José Luis.

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