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Ana I. Gracia

Tenemos prisa por volver a rozarnos, por tocar y ser tocados, por apretarnos con la misma intensidad que antes, pero aún no es posible. Queremos sobarnos sin miedo a pegarnos nada, queremos volver a ser lo que fuimos antes de que el mundo se desplomara, pero no puede ser porque el diablo sigue esperándonos fuera. Mutando de piel, cada vez menos agresivo, sí, pero ahí continúa.

Llevamos casi dos años sin arrimarnos demasiado a la gente porque la pandemia ha segado nuestra existencia tal y como la concebíamos, y uno de los peajes que hemos pagado ha sido quedarnos sin abrazos. No sé cómo lo gestiona usted, pero yo ando por el mundo desnortada. Sin ese roce afectuoso de mi cuerpo contra otro cuerpo querido camino en línea recta pero ciega, vacía, desnuda, hacia un futuro que todavía veo demasiado incierto.

Al estadounidense Kevin Zaborney le chirriaba el poco cariño que se da la gente en público, hasta su propia familia era reacia al contacto, y se le ocurrió que el Día Internacional de los Abrazos se celebraría todos los 21 de enero, una tradición que se cumple desde 1986.

Este fanático de la psicología no eligió tal día como hoy por puro azar, qué va, sino que escogió esta jornada para tan particular efeméride porque cae entre Navidad y San Valentín. Se ha comprobado que, durante esta empinadísima cuesta de enero, los seres humanos se olvidan de darse cariño y entonces es cuando los problemas psicológicos se disparan.

El experimento le salió bien y hasta su padre, alérgico a acercarse más de la cuenta, se salta sus propias normas de convivencia y este día se permite el lujo de estrecharse con sus seres más queridos.

Estará conmigo en que hay achuchones y achuchones, que unos nos gustan más que otros. Hay abrazos con amor, abrazos de perdón, abrazos que dan paz y confianza, abrazos de cariño, abrazos de consuelo…

Un abrazo es capaz de mirar de frente a la soledad y vencerla, aunque ese triunfo dure sólo un puñado de segundos. Si tuviera que escoger uno, firmo para siempre los de mis sobrinos.

El contacto físico es una necesidad biológica para los seres humanos y su ausencia genera hambre de piel, el nombre que le han dado al síndrome neurológico que se produce ante la falta de contacto físico, una necesidad biológica como comer o respirar.

Dicen que hasta los más malos, la gente que no tiene ni pizca de empatía, necesitan de vez en cuando uno para subsistir.

Hay estudios que hablan de su impresionante poder sanador y se ha demostrado que los beneficios que aporta a nuestra salud física, mental y emocional son infinitos.

Los abrazos nos hacen sentir más felices porque nuestros cuerpos liberan oxitocina, una hormona directamente vinculada a la felicidad.

Nos pasa desde que nacemos, porque el calor de dos cuerpos juntos se convierte en una especie de bálsamo. Por eso nos acurrucan piel con piel con nuestra madre nada más parirnos.

Unos investigadores descubrieron que los abrazos ayudan a promover los niveles normales de cortisol que se necesita para el correcto desarrollo infantil. Casi nada... También combaten el insomnio y la soledad y hasta los califican de sedante natural porque liberan serotonina, una hormona que provoca un efecto relajante en el cuerpo.

Los que saben de esto hablan de que, en las desgracias, cuando no hay palabras que consuelen, funcionan mucho mejor que hablar, y se basan en un dato: el abrazo llega al sistema nervioso mucho antes que las palabras.

El novelista Paulo Coelho estaba convencido de que, cuando abrazamos a alguien de verdad, ganamos un día de vida, y a mí solo me nace darle la razón.

Para los que aún tengan sus dudas, escuchen aquella canción del Mägo de Oz que dice que un abrazo cura más que el paracetamol. Haga la prueba. A mí en particular, un buen abrazo me basta para sanarme en los días más grises.

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