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Javier Lizaga

Me pilla agosto como las medallas, dormido y con la sensación de despertar en Berlín, donde a las 6 de la mañana aborreces Europa. Es maravilloso ver en la tele los resúmenes. Desde el presentador mirando en la tarjeta los nombres de los atletas (cómo si en la sección de Nacional no controlaran a la última ministra), el reduccionismo (como una pastilla de caldo) que olvida estratégias, movimientos, saltos… Todo se soluciona con dos imágenes del pueblo del atleta y algun sobrenombre. Eso es lo que mejor se les da: rebautizar personas y equipos. Propongo usarlo en la política local. Los concejales del ayuntamiento de Teruel podrían ser los “Toricos”, la oposición “los modernistas” (dicho con rintitin) y los de la DPT los “mudéjares”. En fin, pues eso.

lMe jode opinar de algo que sé porque es contravenir el buen hacer de una columna, pero he de confesar que tuve una época (oscura) de mi vida dedicada a analizar Juegos Olímpicos, películas y que incluso de ahí saqué un doctorado. Los Juegos y su narración muestran cómo ha cambiado nuestra concepción del deporte: Los Ángeles 84 suponen la profesionalización y mercantilización, Barcelona 92 su transformación en espectáculo en torno a la victoria y en Londres se opera un proceso más complejo: se les convierte en héroes. Una especie de elegidos (quieran o no) que mediante el esfuerzo y el sufrimiento (el capitalismo mola) se convertirán en mártires (si pierden) o triunfadores plenos (a comprar sus camisetas), y olvidarán así su angustioso pasado e infancia.

Evidentemente, quería llegar a Simone Biles. No para hablar de ella, sino del mensaje que nos lanzan a través de ella. Del pobrecita (esa condescendencia) a la heroína en momentos malos (la enfermedad como anomalía que queremos pasar rápido). Por desgracia Biles no va a conseguir que se hable más de las enfermedades mentales, no nos engañemos. Aunque me gustaría.

Lo que más me gustaría, de esta vez, es que admirásemos a quien fracasa, a quien quiere disfrutar, a quien sonrie. A veces, nuestro peor enemigo está en el espejo (sabiduría nivel canción discotequera) y es el deporte el que tiene que recordarle a la vida, que no todo es competir. Es un juego.

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