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Nuria Andrés

No falla. Desde hace años, no existe un diciembre que no coja algún catarro. Y lo peor es que, cuanto más se acerca la noche del 24, más agudos son los síntomas. De pequeña no solía pasar por esto, pero recuerdo que las veces que llegaba a casa con fiebre, mi abuela Josefina me cogía, me subía la cremallera hasta arriba y me decía: “Claro, eso es porque no te abrigas cuando sales al recreo”. Yo me enfadaba cada vez que ella me hacía eso. “Pero para ya, que tengo calor”, le decía.

Ahora, cada vez que llega este mes, recuerdo esas mismas palabras. Continúo teniendo los mismos síntomas que entonces -y el mismo frío que, en ese momento, no me atrevía a reconocer-, pero ya no son por salir sin abrigo a jugar.  Hace más de diez años que no escucho la voz de mi abuela pero, cuando llegan estas fechas, me la imagino diciéndome: “Claro, si es que lo que tú tienes es un catarro de ausencias”.

La verdad, a mí me encanta este festival de luces y villancicos que se forma este mes, pero no soporto el pensar que un año, mi abuelo Julio dijo con una lágrima a punto de surcar su rostro: “Esta Navidad es la última” y esa vez se cumplió. Diciembre es el mes más cruel para las ausencias porque llega un punto que ya no se celebra esta fiesta con la familia, sino esta fiesta sin ese familiar.

El otro día escuché en el Telediario que había que reducir el número de comensales en las celebraciones navideñas y, sinceramente, esto ya es un sinvivir.

Me acuerdo cuando el año pasado, por estas fechas, llamé a mi abuela Nuria y le dije que no dramatizara con la pandemia, que ella había vivido la guerra. Ella me contestó: “Pues eso es lo que peor me sabe, que después de haber vivido la guerra y haber pasado tantas miserias, ahora es un virus el que no me deja veros”. Por estas palabras y porque nunca se sabe cuándo se cumplirá esa “última Navidad” de alguien, este año, tomemos todas las precauciones -y vacunémonos, por Dios-, pero alegrémonos de las copas que aún quedan en la mesa después de un año tan duro y disfrutemos de la vida que, paulatinamente, vuelve a parecerse a la de la Navidad de 2019. Disfrutemos, antes de que cada año, en diciembre, suframos el catarro de las ausencias.

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