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Por Isabel Cortel

La travesía en barco hasta Santa Catalina no fue fácil. Tormentas, intoxicaciones y un conato de motín pusieron en peligro el viaje. Pero La Paloma llegó a la isla.

Carlota bajó de la embarcación como si buscara a alguien entre todo aquel gentío. Sin embargo, no conocía a nadie allí.

- ¡Carlota! No pares que interrumpimos el paso - rechistó su marido.

Fabián de los Olmos daba indicaciones a los empleados que descargaban toda una vida metida en baúles. Apenas hubo tiempo de despedidas cuando Carlota supo que dejaba España. Él iba radiante tras el ascenso que le otorgaron en la compañía y que le ponía al frente de la fábrica de Santa Catalina.

Carlota miraba sus baúles y la pena le pellizcaba el corazón. Al otro lado del mundo, ella dejó todo. También su formación de enfermera, algo con lo que su esposo jamás estuvo de acuerdo.

Fabián pertenecía a una familia que contaba con un pasado de conquistas que les valió en su día la confianza de la corte, aunque el peso del apellido ya habia empezado a diluirse en el tiempo. Los del Olmo sobrevivieron al olvido a base de trabajo. Aunque tampoco es que el joven Fabián sudara sangre, su puesto se lo debía a un compañero de estudios. La empresa se dedicaba a los minerales que llegaban del Nuevo Mundo y Fabián ahora se encargaría de su envío a España. Para él era un ascenso, para Carlota, un castigo.

Carlota llegó sin esperanzas a Santa Catalina. El matrimonio se estableció en una preciosa casa de campo, blanca y con un pasado que incluía a un virrey y gobernadores de la corte española. A su llegada, toda una fila de empleados les esperaban. Todos saludaron con cortesía y humildad, en un español envuelto en cierta musicalidad.

Carlota dedicó los primeros días a conocer la casa y colocarlo todo. Las empleadas la ayudaron mientras canturreaban cánticos que sonaban a una nana. Lo único que reconfortó a Carlota.

Felipe era el mayordomo. Bajo sus órdenes operaban los diez empleados. Él llevaba más de 40 años en esa casa y había conocido y sufrido a los anteriores inquilinos. Nunca se encariñaba con los nuevos señores pues sabía que en unos años formarían parte de esa orla de extraños. Felipe se ocupó de enseñar cada rincón a la nueva patrona, como llamaban a Carlota.

Al fin la vida parecía casi normal. Incluso su matrimonio, que no llegó en su mejor momento, se rehacía, quizá para combatir la soledad. Junto a otras parejas españolas celebraban cenas que rompían el silencio de la casona. Una de esas parejas estaba formada por el doctor Gutiérrez y su esposa.

- Necesito ayuda en la consulta y creo que con tus conocimientos podrías ser muy útil, Carlota - anunció el doctor tras conocer su historia.

- Será un placer - se ilusionó Carlota observando la negativa de Fabián. Lo ignoró y así comenzó Carlota su vida como enfermera.

Las cosas en la fábrica de Fabián no iban bien. Él se dio cuenta en poco tiempo de que no se trató nunca de un ascenso. A los problemas diarios se sumaban insurrecciones de los trabajadores, hartos de la explotación, de ver partir la plata a España a costa de su sudor y su sangre.

Precisamente, el primer paciente grave que atendió Carlota llegó de la fábrica. Un accidente seccionó el dedo de un obrero que llegó con tanto dolor como odio.

- Es Manuel, dirige a las cuadrillas - explicó el doctor -. Está al frente y es el que vela por ciertos derechos que creen tener estos empleados.

- Será que los tienen, entiendo yo - opinó Carlota.

Gutiérrez iba a costestar pero Carlota se dio la vuelta y se dedicó al herido. Durante varios días, Manuel necesitó las curas de Carlota.

- Es usted la esposa de mi patrón, ¿cierto? - fueron las primeras palabras.

- Carlota de los Olmos. ¿Cómo se encuentra?

- Mejor de lo que su esposo desearía.

Carlota se distinguió pronto de su marido. Esto permitió que el paciente se animara a entablar conversación con la joven sobre la vida allí. Cometió Carlota el error de sacar el tema durante una cena entre colonos. Sugirió la idea de mejores horarios, condiciones, una eduación. Aquellos hombres no daban crédito y Carlota recibiría la única respuesta tras la reunión: una bofetada de Fabián zanjó el tema.

No volvió a nombrar el asunto, pero tras la jornada en el dispensario, y con la ayuda de Pilar, una de sus empleadas, Carlota visitaba las casas de los indígenas para atenderlos y enseñarles a leer y escribir. Fabián no estaba contento pero no pudo disuadirla.

Manuel encontró en Carlota a una aliada. Ella, entre la espada y la pared, discutía con su marido cuando trasladaba las quejas de los empleados. Una mañana, llegó Fabián a la fábrica como cada día y encontró a sus empleados  sentados. Solo Manuel se levantó con la petición de parlamentar nuevas condiciones.  Fabián reconoció las palabras de Carlota y nunca se lo perdonaría. Los castigos fueron ejemplares. Castigos que luego curó Carlota.

Un años después, las cosas estaban más turbias. Y no solo entre la pareja, que solo contaba alguna noche de tregua. La fábrica era un hervidero y esto esto repercutía en todo, incluso las reuniones sociales se redujeron pues a muchos no les gustaba el aliento que daba Carlota entre los indígenas.

Una noche calurosa como pocas, alguien llegó corriendo a la casona anunciando un enorme incendio en la fábrica y Carlota salió corriendo.

- No encontramos al patrón - oyó decir Carlota.

Vio en uno de los lados, a varios hombres encadenados, quizá responsables de lo sucedido. Entre ellos, Manuel, con la cabeza bien alta, miró a Carlota.

Sus miradas se interrumpieron, cuando alguien gritó “¡el patrón!”. Llegó Carlota y observó la gravedad de sus heridas. Los esposos se miraron y él solo acertó a decir: “es culpa tuya”.

Los días siguientes fueron de espera junto a la cama de Fabián. El silencio reinaba en la casona. Ya no había visitas. La soledad de Carlota regresó.

Con el inicio de una tormenta, murió Fabián. Durante el funeral, los empleados de la fábrica acudieron. Entre los ellos estarían los responsables de aquella noche de horror; y al otro lado, en una columna menor, los colonos españoles, igualmente responsables. Dos mundos enfrentados. No habría paz ni tregua en aquel mundo. Carlota miró a ambos grupos y de pronto se detuvo. Manuel la miraba sin remordimiento.

No quiso Carlota permanecer en Santa Catalina cuando supo que estaba esperando a su primer hijo y desde la cubierta de La Paloma, observó alejarse la costa.

- Todos se van - repitió Felipe cerrando la casona. - Esta siempre será nuestra tajlí (tierra).   

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