Síguenos

120_-1200x150-remamos-b.gif banner click 120 banner 120

DIARIO DE TERUEL regala el lunes la Cartilla Turolense de Antonio Almagro Gorbea sobre Albarracín DIARIO DE TERUEL regala el lunes la Cartilla Turolense de Antonio Almagro Gorbea sobre Albarracín

DIARIO DE TERUEL regala el lunes la Cartilla Turolense de Antonio Almagro Gorbea sobre Albarracín

La edición del lunes de DIARIO DE TERUEL obsequiará con un ejemplar gratuito de la serie divulgativa Cartillas Turolenses titulada Urbanismo y arquitectura en la Sierra de Albarracín, editada por el Instituto de Estudios Turolense y firmada por Antonio Almagro Gorbea.

La obra está bien estructurada en una introducción al medio físico y la ocupación humana de la Comarca Sierra de Albarracín, una diferenciación entre la estructura urbana de la ciudad de Albarracín y de los pueblos ganaderos de la comarca, con sus particulares características, y un análisis pormenorizado de cada tipología diferente que cabe hacer de tipos de arquitectura.

En cuanto a la arquitectura de la ciudad, Antonio Almagro diferencia entre militar, religiosa, civil y residencia. En la arquitectura de la Sierra, el autor desdobla la religiosa entre la medieval, las iglesias gótico-renacentistas y las iglesias del XVIII, además de analizar por otro lado las arquitecturas civil y doméstica.

Como en todos los títulos de las Cartillas Turolenses, la obra termina con una prolija bibliografía para profundizar más en el medio físico humano de la Comarca Sierra de Albarracín.

Antonio Almagro en esta cartilla, cuya primera edición se publicó en 1993, aprovechó para denunciar cierta dejadez o descuido con la arquitectura de Albarracín, cuyas peculiaridades territoriales e históricas lo convierten en una zona única. Así, el autor expresa que durante los viajes que realizó por la Sierra de Albarracín preparando la obra, pudo comprobar “el progresivo deterioro de los valores urbanísticos y arquitectónicos que los pueblos tenían. La falta de un planeamiento racional que evite acciones excesivamente habituales, como la edificación indiscriminada en la periferia, sin estructurar espacios ni vías  urbanas y sin respetar elementos naturales que estuvieron integrados en otro tiempo dentro de la propia estructura de los pueblos”.


Almagro asegura que “da pena ver esa hermosa serie de edificios consistoriales burdamente transformados por restauraciones chapuceras”. “Frente a ellos se ven aparecer edificios modernos, carentes de sentido, en estilos alpino, moderno o posmoderno, según el particular capricho del dueño o del arquitecto, que nada tienen que ver con el medio en que se asientan y que en último caso solo expresan pobreza cultural”.

La arquitectura que le es propia a Albarracín depende de las cualidades de los asentamientos humanos, y estos  directamente de sus características climáticas y físicas. Han determinado pues su urbanismo, según Antonio Almagro, el hecho de que la Sierra de Albarracín es una “de las regiones peninsulares de mayor altura media de los núcleos urbanos, muy por encima de regiones típicamente de montaña como el Pirineo o la región cantábrica, con un clima continental extremado, con inviernos largos y cortos y una pluviometría irregular pero superior a la de zonas limítrofes.

La topografía es agreste y los núcleos urbanos no tienen, en su mayoría, carácter defensivo, si bien entre muchos de ellos existe un sistema de relaciones visuales, bien directamente o bien a través de puntos estratégicos, que constituyó una barrera de seguridad frente a amenazas externas. Hay restos de construcciones defensivas en el monte Jabalón al sur, y el cerro de San Ginés al norte. Ambos se divisan entre sí y desde ellos se controlan todos los pueblos de la comarca.

Albarracín ciudad

Almagro insiste en que la ciudad de Albarracín presenta una serie de características diferenciadoras con respecto al resto de núcleos. No es proporcionalmente mucho mayor que el resto de pueblos de la zona, pero sí ha sido cabecera de comarca, capital política y el único núcleo capaz de defenderse a sí mismo. Albarracín se asienta sobre un meandro rocoso del Guadalaviar, y ya desde el siglo X debió contar con el castillo que se alza desde el peñasco y una muralla que lo protegía. La escasez de terreno utilizable así como las necesidades defensivas condicionaron completamente el urbanismo y el crecimiento de la ciudad.

Muy diferente fue el desarrollo de los pueblos circundantes, la mayor parte de ellos de un marcado carácter ganadero. La dureza del clima y el carácter agreste del territorio permitió casi únicamente una agricultura de subsistencia basada en el cereal y en los huertos de autoabastecimiento.

Jabaloyas, que según el autor es uno de los pueblos de la sierra que mejor conservan su aspecto primitivo, es un buen ejemplo de este tipo de asentamientos; con espacios abiertos, soleados y espaciosos, con calles amplias por la necesidad de acercar los rebaños a las casas, con tapiales o parideras en muchas ocasiones integradas con el entramado de calles, que no son más que el resultado de el cierre de las plazas por viviendas, generalmente de dos plantas.

Una característica particular de estos pueblos ganaderos, según Almagro, es que la plaza mayor como tal no existe, “y en su lugar aparece un espacio abierto, generalmente un prado, que tiene el carácter de espacio público principal. Como es lógico, este espacio está situado siempre en la periferia del pueblo, y en él se sitúan los edificios más sobresalientes a excepción de la iglesia”.

En los capítulos dedicados a los diferentes tipos de arquitectura que se dan en los pueblos de la Sierra de Albarracín o en la propia ciudad, la Cartilla Turolense está acompañada por abundante material gráfico y fotográfico. Además la obra incorpora un plano guía turístico de la capital comarcal, realizado por el propio autor.

Antonio Almagro nació en 1948 y es doctor en Arquitectura por la Universidad Politécnica de Madrid y Diplomado en Restauración de Monumentos por la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Roma y por el Centro Internacional de Estudios de Restauración. Ha sido arquitecto de la Dirección General de Bellas Artes, realizando importantes restauraciones en Aragón, especialmente en la provincia de Teruel. También realizó investigaciones y restauraciones en lugares como Jordania o Túnez. Es investigador del CSIC y de la Escuela de Estudios Árabes, y autor de numerosas publicaciones, como El Castillo de Mora de Rubielos, solar de los Fernández de Heredia, Qusayr Amra, El Palacio Omeya de Amman, La Giralda, Plano-Guía de la Ciudad de Albarracín o el capítulo correspondiente a la arquitectura mudéjar de Teruel en Teruel Mudéjar, Patrimonio de la Humanidad.

El redactor recomienda