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EFE/Archivo

Raquel Fuertes

Saber cuando algo se ha terminado, arriar velas y marcharse con elegancia no es sencillo.

Tendemos al drama, al resentimiento, a desplegar nuestra frustración y, por qué no, al pataleo. No es fácil admitir que uno ya no es imprescindible, que ya no le quieren donde le quisieron o que ya no le necesitan. En la vida y en las relaciones, en el trabajo y en el amor, no es fácil encontrar a quien sepa salir sin portazo, aspaviento o despecho (quizás menos visible en el momento, pero con más consecuencias en el medio plazo).

Porque hay despedidas que son tristes, amargas o violentas solo en el momento. Pero que luego permiten pasar página y no suponen más que ese momento desagradable que se da en cualquier ruptura de una situación preexistente.

Sin embargo, hay otras que se resisten, que se aferran a lo que un día fue o a no dejar de ser. Y esa amenaza de eternización pocas veces llevará a recuperar el anterior statu quo. Las más de las veces solo será un incordio para los que ya se daban por despedidos y esperaban empezar etapa. Incluso cuando quien se fue les hacía bien.

Pero es que, una vez asumido que hay que irse, lo mejor suele ser irse del todo. No seguir desde una segunda fila siguiendo los pasos de los que deberíamos haber sabido dejar atrás. No criticando o cuestionando cómo lo hacen los que nos relevaron. No impidiendo que trabajen los que quedaron en nuestra posición. Ni siquiera intentando recuperar a quienes nos sacaron de su vida.

Qué fácil es hablar, sobre todo cuando son otros los que se van, y qué difícil es saber irse sin estorbar y dejando atrás el mínimo daño.

El otro día leía que algunos habían sido mejores presidentes que expresidentes. Que no habían sabido dejar atrás la primera línea y que buscaban con desesperación los focos aun a riesgo de empañar la labor por la que debían ser recordados y reconocidos. Seguro que cada uno de ustedes tiene a alguien en mente. A mí se me ocurren varios.

Así que, si a ellos les cuesta dejar atrás lo que fueron, ¿cómo no nos va a costar a los demás permitir que nos olviden o nos sustituyan? El arte de saber irse, sin ruido y con dignidad, se debería enseñar en las escuelas. También para que no duela.

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