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Javier Hernández
Nunca pensé que tu marcha dejará tan sola mi alma, nunca pensé que ese minuto fuera tan terrible y a la vez la mente fuera tan capaz de acumular en solo 60 segundos tantos momentos e imágenes que construyen una vida, y también la inmensa fortuna de haber podido vivir, sentir, reír y llorar tantos años; porque tu paisaje era el que envolvía la vida, cada caricia, cada movimiento, cada tesón; la vida ha sido puro tesón, puro esfuerzo, sin que nadie regale nada, absolutamente nada, y con el objetivo diario de hacer lo mejor para los tuyos. Nunca pensamos que este momento sería tan difícil.

Y todo esto nunca lo pensé porque en el cuarto del alma, ese donde guardamos los más bellos recuerdos, escribí con letras grandes que no quería que te fueras. La ley de vida es el argumento al que todos nos aferramos, los propios y los de enfrente, pero la ley de vida duele igual, duele lo mismo, duele aún siendo conscientes de lo inevitable, porque nuestra mente pero sobre todo nuestro corazón no quiere y por tanto no duele decir que nunca pensé que este momento llegaría, o tal vez nunca quise pensar.

Me vienen muchas cosas a a cabeza, momentos y escenas que están asociadas a ti, a tus enseñanzas, a tu protección, ese valor tan seguro que solo una madre asegura. Pasan por mi mente como una ráfaga las visitas a Delia “la pantalonera”, entonces te hacían los pantalones, porque había que salir de casa como un pincel; del tío Mateo, ese inmenso cariño a su “Javierete”; de acompañarte e incordiarte a casa de El Pito, la tienda del barrio; y como no, de la tía Josefa, esa hermana que era cómplice en esa ardua tarea que fue sobrevivir a una guerra, una posguerra y tanta oscuridad; esa hermana, esa tía que tanto nos quiso y a la que siempre recordamos y tanto agradecemos; de los domingos con el Papá y la risa de esa casa tan llena de gente, de esa vida tan llena y que nunca pensé que estaría ahora tan vacía.

De las visitas al médico, de la alpargata volando por el pasillo - y acertando siempre- y del melocotón en vino. Ha sido una lucha que aún me cuesta racionalizar, una luchadora desde el minuto cero, sietemesina en los años veinte, y al final la buena gente a tu lado. Para nosotros una especial admiración a Sor Noemí, quien ocupa un lugar destacado en nuestro corazón, una de esas personas que nos hace entender que la vida esta llena de personas que hacen de su día a día su entrega por los demás, una persona que hace de su vocación realidad y que convierte sus actos en ayuda al resto de personas, necesitaríamos varias vidas para agradecerle a Sor Noemí sus atenciones, sus palabras y cuidados. Siempre digo que Teruel tiene manantiales que a fuerza de verlos nos hacen olvidar lo sano de sus aguas, y uno de esos manantiales es Ángel Loras, una excelente persona y un excelente profesional cuyo cuidado, atención y cariño solo puede emocionarnos. Especial cariño (necesitaríamos varias vidas para agradecérselo) a Rosa, a la que tanto querías y queremos y que con tanto cariño te cuidó.

Nunca pensé que en esa madrugada, en ese último trayecto cuando la luna se fusionaba con las nubes, pasaríamos una vez más por el camino del Algezar, ese que hacías con la tía Rosa cuando me contabas lo mucho que os tocaba trabajar, y veía cómo las estrellas brillaban más fuerte, cómo esas imágenes se sucedían y cómo pensaba en todo ese Universo de gente buena en el que esas estrellas son parte de nuestros sueños y nuestros recuerdos, a personas que han formado parte de nuestra vida y han sido decisivos en nuestra forma de ser y sobre todo, lo han sido de una manera positiva. Al final poder aprender tanto, cuenta y mucho, hacerse mayor contigo al lado ha sido una inmensa suerte; los seres humanos seríamos más felices si recaláramos en que la suerte es un conjunto de cosas vividas y no de ambiciones perdidas; hoy veo la felicidad en Sor Noemí ayudando a los demás, y me viene a la mente el gitanico helado de frío en la nevada de aquella infancia del recuerdo y cómo lo pusiste al lado de la estufa con aquella leche con malta.

Quizás porque los demás te importan, ahora hayas tenido esos cuidados en esta dura lucha que sabíamos íbamos a perder; duele porque los hijos somos más débiles de lo que pensamos, duele porque en el fondo, aunque mayores, buscamos protección. Por eso nos duele tanto, por eso aterrizar es tan duro para mí porque este momento nunca pensé que llegaría.

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