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La Escuela de Música de Andorra expone la obra en madera de Agustín Martín La Escuela de Música de Andorra expone la obra en madera de Agustín Martín
Una mesa dedicada a instrumentos idiófonos, que no necesitan material externo para sonar, como matracas o tejoletas

La Escuela de Música de Andorra expone la obra en madera de Agustín Martín

El andorrano, mecánico del metal de profesión, es un apasionado del tallado desde niño

Aunque el andorrano Agustín Martín ha trabajado durante toda su vida en Endesa como mecánico del metal, la niña de sus ojos ha sido realmente la madera, desde que se construía sus propios juguetes en el taller de carpintería de su padre, y desde que se formó en su juventud como ebanista. En 2012, tras su jubilación, sumó una nueva pasión al inscribirse en la Escuela de Música de Andorra (EMA), -actualmente forma parte de la agrupación de dulzaineros La Martingala- por lo que su colección de máquinas, juguetes y objetos domésticos que lleva tallando toda su vida, se ha enriquecido con chiflos, turutas, flautas, palos de lluvia, chicotén y otros instrumentos, algunos tan exóticos como el ektara o gopichand hindú, el coyoc del amazonas o los güiros o rascadores americanos.

Tanto es así que Ana Pallarés, coordinadora de la EMA, de titularidad municipal, le propuso exponer parte de su ingente obra en madera -también de otros materiales, como metal o PVC- en la sede del centro, donde desde el 8 de junio y hasta el 28 de este mes puede verse parte de su obra artística en madera.

La muestra huele a linaza, la que utiliza Martín para barnizar sus piezas dando lustre a la veta de la madera. Nogal, cerezo, abeto, diferentes tipos de pino, carrasca, platanero, latonero, roble, merbau, salepi, haya, castaño, iroko, olmo, embero, cedro o los duros granadillos y boj... el andorrano es un experto en el mundo de la madera y conoce a la perfección las que son más apropiadas para tornear, para tallar o para doblar, aunque una de sus favoritas es la del olivo, tan ligado al territorio “y cuya veta es muy bonita y muy agradecida”, según explica. “Además es fácil de conseguir tras la poda, en la luna menguante de enero y secada a la sombra”.

Una mesa dedicada a instrumentos idiófonos, que no necesitan material externo para sonar, como matracas o tejoletas

Destacar alguna de las piezas expuestas es complejo, porque todas tienen su historia. “Me gustan mucho los instrumentos de viento, dulzainas, turuta extremeña, chufa de Campó, la gaita de El Gastor (Cádiz), o una pieza que hice con un cuerno que compré en Teruel, que no lo quiero cortar porque es precioso y que ocupa más el cuerno que la pieza que saca el sonido”.

Sin embargo Agustín Martín admite que sus favoritas son los tres chicotén que fabricó o el rabel, “un antecedente del violín que tiene una cuerda, que también se toca con un arco”. La pieza combina varias maderas diferentes, como el castaño, boj, olivo o iroco, en las tapas, costados, clavijas y diapasón.

Capítulo aparte merecen las matracas y carraclas tradicionales, a cuyo estudio en las localidades del entorno ha dedicado no poco tiempo y esfuerzo. “En muchos lugares se perdieron, pero en otros se conservan ejemplos muy buenos de matraca de campanario, como Utrillas, Alcorisa, o en Samper, donde como en otros pueblos la repararon y se están recuperando”.

Las matracas son instrumentos de percusión de madera, en algunos casos manuales, de pequeño tamaño, y en otras colocadas en los campanarios, de grandes dimensiones. Se usaron generalmente para sustituir a las campanas de los pueblos cuando estas no podían utilizarse durante la Semana Santa, aunque su sonido también ha sido utilizado en obras clásicas de compositores como Beethoven (La victoria de Wellington), Sinfonía de los juguetes (Leopold Mozart) o Don Quijote (Richard Strauss).

Además de crear o de reproducir varias matracas históricas, Agustín Martín está realizando un inventario de las que se conservan en la provincia. “La de Alcorisa tiene cien años y está reforzada en metal, la de Utrillas tiene veinte martillos, y en Alloza hay una muy curiosa, colocada sobre las campanas de la torre con un eje de hierro. En Albalate hay una muy parecida, que actualmente se saca en procesión durante la Semana Santa, y que quizá fue realizada por la misma persona dada su similitud”.

Turutas, chiflas, dulzainas, un espectacular rabel y un chicotén, entre otras piezas, talladas por el andorrano. EMA

Una de las cosas que apasionan a Martín de las matracas es que son idiófonos, que son los instrumentos que no dependen de cuerdas vibrantes o de otros elementos externos para sacar sonido. “Incluso el tambor necesita un parche o las dulzainas y saxofones necesitan lengüetas de caña”. Como explica Martín, la matraca y otros instrumentos que se basan en el mismo principio de madera contra madera, como el semantrón -que es su versión en la religión ortodoxa-, las chalabartas vascas, las castañuelas o las tejoletas. “Antes incluso de que existieran las campanas, ya había maderas para hacer música o llamar a la gente”, afirma.

La muestra incorpora otros objetos que no son instrumentos musicales, como la más antigua, una especie de atril abisagrado, o algunas de las más recientes, “ya que durante la pandemia tuve mucho tiempo y tallé muchas piezas”. Entre ellas hay objetos curiosos como cadenas hechas con eslabones de manera, realizadas normalmente con maderos de una sola pieza -aunque hay más métodos-, o cubos de madera con piezas metálicas insertadas en su interior más grandes que las ventanas por las que se ven, e incluso una curiosa E mayúscula, anagrama de la Escuela Municipal de Música de Andorra, que tiene un clavo insertado, de forma aparentemente imposible, en el palito de enmedio. Martín, que ni vende sus piezas -en todo caso las regala- ni se guarda ni un secreto sobre la madera, explica que eso se hace con agua hirviendo. “El calor del agua o del vapor hace que la madera se vuelva flexible, puedes moverla para clavar el clavo o meter la pieza metálica, y luego retornarla a su forma original”.

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