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La vieja bicicleta La vieja bicicleta
Selma Terzic

Texto de Álvaro Narro / Fotografía de Selma Terzic*

El maestro del pueblo murió el mismo día en el que acabó el verano. Lo cierto es que había recibido un par de avisos, pero ni el médico, ni mucho menos él, le dieron la menor importancia. Un desmayo que se achacó al calor de julio y una semana de vómitos y diarreas que lo dejaron de cuclillas sobre un agujero profundo y oscuro, no hacían sospechar que Don Cosme iba a dejar este mundo sin haber cumplido los sesenta. Que solo iba a quedar de él una vieja fotografía junto a una máquina de tren que no le hacía justicia.

Los niños se quedaron sin su guía para resolver los problemas de matemáticas al mismo tiempo que los viejos árboles veían perder sus hojas azotados por el viento frío que llegaba del norte.

Don Cosme era un buen amigo del cura que ofició su funeral. Quizá el único en un pueblo en el que los vecinos no le daban demasiada importancia a lo que les depararía la vida después de la muerte. Al maestro le gustaba confesarse al menos una vez por semana, pero no en un viejo confesionario comido por la carcoma, sino en el bar del pueblo con una botella de un vino fuerte y rojo y unos trozos de queso en una mesa siempre llena de migas de pan.

Con unas bolsas amarillas bajo los ojos y una estola brillante sobre los hombros, el cura habló junto al ataúd del descanso eterno y todas esas historias a las que nadie prestó atención mientras el cielo se ponía cada vez más oscuro y los truenos se oían a lo lejos con su murmullo amenazante. Echó con desgana un puñado de tierra sobre la caja de madera y los hombres del campo miraron al cielo esperando que no se produjeran más desgracias. Fue entonces cuando un ruido chirriante, que ponía los pelos de punta, emergió de entre los árboles. Era una mujer hermosa. Tenía el cabello brillante y dos enormes cascadas rubias acariciaban sus hombros fuertes. Pedaleaba con vigor al mismo tiempo que miraba al horizonte con unos ojos verdes, grandes y luminosos. Sus pómulos rojos y algo regordetes le daban un aspecto bondadoso y su boca, de pequeños labios rosados, parecía sonreír. Bajó de su vieja bicicleta y, a la vez que musitó una disculpa, la dejó apoyada junto a un árbol de ramas retorcidas. Al acabar el funeral, echó otro montoncito de tierra con sus manos delicadas sobre la caja de pino, a la que ya le salpicaban las primeras gotas, y, antes de marcharse, le dio el pésame a la viuda. Le dijo que era Lidia, la sustituta. Que mañana mismo empezaría con la gramática, el latín y los problemas de la vida diaria. La viuda dejó escapar una sonrisa torcida, pero no llegó a decir nada. Los vecinos la miraron de arriba abajo una y otra vez sin disimulo y fue la protagonista de las cenas en todas esas casas viejas que se amontonaban junto al río. Ellos habla-ron de que parecía muy joven y de engrasar ese viejo cacharro. Ellas, de su elegancia innecesaria y de que no duraría mucho allí. Los niños parecían contentos y en unas horas olvidaron a quien les ayudó con el álgebra y las declinaciones. Fuera los perros buscaban un sitio entre los charcos para dormir a la vez que el agua negra del río, ajena a todo, continuaba su camino.

Lidia ni siquiera cenó. Se metió en una cama vieja, de sábanas amarillas y olor a humedad y abrió un libro. Pensó en el casero. Un hombre de camisa desabotonada y brazos llenos de pelos retorcidos. De surcos de sudor en las axilas y pelo grasiento. De mirada fija y palillo en la boca. De carcajadas fuera de sitio y manos de dedos cortos y gordos que agarraban una botella de cerveza. Sea bienvenida, le dijo ese hombre de aliento agrio y dientes amarillos. Ella insistió en meter su vieja bicicleta en la habitación y él se rio burlonamente. Nadie querría ese cacharro, le dijo entre carcajadas alcohólicas. Inmersa entre unos versos de Fray Luis de León, recordó la cara de la viuda y cerró los ojos con fuerza hasta sostener las lágrimas y quedarse dormida.

Al día siguiente, pudo leer con una letra redondeada un enorme “bienvenida” en una pizarra inclinada y se sintió feliz al ver a todos aquellos muchachos de pantalones cortos, costras en las rodillas y mocos colgando de sus narices enrojecidas. No tardó en aprender sus nombres y le gustaba imaginar cómo serían sus vidas en el futuro; Marcos, que siempre se quedaba dormido y babeaba sobre el pupitre, Malén, y su voz cantarina al recitar esos maravillosos poemas de San Juan de la Cruz, Joaquín, que ya llevaba pelusilla sobre sus labios y que era capaz de correr como el viento a pesar de tener una pierna más larga que la otra, y la soñadora Carmen, que siempre posaba sus ojos almendrados en la ventana, eran los protagonistas de sus sueños en la vieja habitación.

Cuando los primeros copos de nieve llegaron al pueblo y el viento del norte arrastraba los villancicos entre aquellas callejuelas empinadas apareció flotando en el río el cuerpo de la viuda del maestro. Fue Anselmo, el pastor insomne, quien vio su cuerpo blanco entre las aguas heladas y el médico solo pudo decir que estaba muerta.

Lidia se acercó al día siguiente hasta la orilla del río. Recordó la cara de la viuda y vio su reflejo en aquellas aguas oscuras. También ella había enterrado a su marido. Una meningitis acabó de un plumazo con su voz grave, su sonrisa perenne y un montón de proyectos de futuro. También ella había llorado sobre un ataúd y supo que tenía que huir si no quería enloquecer. Por eso había cogido la vieja bicicleta y había pedaleado con todas sus fuerzas para dejar atrás la tristeza. Sintió lástima por aquella mujer que un día antes flotaba muerta en el río. Esta vez sí, dejó escapar unas lágrimas gruesas que se deslizaron por sus mejillas rojas. Sintió una pena enorme porque esa mujer no pudo coger a tiempo una vieja bicicleta. Después, pensó en el fluir del río y en que tenía que darse prisa si no quería llegar tarde al colegio.


ÁLVARO NARRO. Trabaja en la Televisión Local de Andorra desde 1993 y colabora con otros medios de comunicación aragoneses. Es autor de tres libros de relatos: Ayúdame (Certeza, 2017), Fundido a negro (Certeza, 2018) y Las doce en punto (Imperium, 2020). Entusiasta de lo que se ha dado en llamar realismo sucio, Narro se sirve de la escritura como válvula de escape frente a una sociedad “cada vez más individualista” y sigue trabajando en diferentes proyectos literarios.

SELMA TERZIC (Yugoslavia, 1965). Llegó a España en el 1987 para trabajar como profesora de inglés. Empezó con la fotografía en 2009, cuando se hizo socia de la Sociedad Fotográfica Turolense. Dio sus primeros pasos en fotografía de la mano de Ángel Torres, fundador de la sociedad fotográfica, junto a muchos otros socios que con el tiempo se han convertido en grandes compañeros fotográficos y amigos muy queridos. Su interés se centra en la fotografía paisajística y de retrato. Este último le ha enseñado a mirar más allá de la mirada y ver más de lo que su cámara ve. Ha participado en pocos concursos, pero el premio más valioso ha sido el primer premio concedido por mis compañeros de la SFT durante una edición del festival Teruel Punto Photo.

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