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Nilo, el dios de  la civilización egipcia Nilo, el dios de  la civilización egipcia

Nilo, el dios de la civilización egipcia

Javier Sanz

Aunque los antiguos egipcios se establecieron únicamente en los últimos 1.300 kilómetros de su cauce, en los que era posible la navegación fluvial (entre la isla de Elefantina y el Mediterráneo), el Nilo recorre más de 6.600 kilómetros desde la región de los Grandes Lagos de África central y fluye hasta Jartúm (capital del actual Sudán), donde toma el nombre de Nilo Blanco y se une al Nilo Azul, que nace en Etiopía.

El Nilo desempeñó un papel crucial en la formación y desarrollo de la cultura faraónica. Fuente inagotable de recursos, aportó con generosidad el agua y los alimentos necesarios para la subsistencia de los egipcios, y su curso constituyó la principal vía de transporte de personas y mercancías por todo el reino. El pueblo egipcio lo veneraba (de hecho, tenía hasta su propia deidad: Hapi, el dios de la inundación anual) y el faraón le hacía ofrendas para que la crecida del Nilo tuviera lugar durante el período correcto y su caudal fuese el adecuado, porque tan malo era que la crecida fuese excesiva (arrasar campos y poblaciones) como escasa (sequía y malas cosechas). Su ciclo de crecidas marcó el ritmo de vida de los antiguos egipcios en todos los aspectos: políticos, económicos y socio-culturales.

Y si el río era caprichoso, dependía de las lluvias en Etiopía, había que ponerse en el papel de hormiga para que no les pasase como a la cigarra. La cigarra se habría quedado a mirar como llegaba la crecida, inundaba las tierras adyacentes y esperaría a que el nivel de agua se retirase dejando el preciado limo para poder plantar y, sin más esfuerzo ni riego, esperar a que diese los frutos.

Los egipcios, en plan hormiga, construyeron una serie de diques y estanques para, mediante canales, que también utilizaron para llevar los materiales de construcción hasta las pirámides, llevar el agua hasta otros puntos y ampliar las zonas de cultivo, e incluso para hacer frente a las épocas de crecidas escasas.

Leyenda

Además, tirando de ingenio y de tradición/superstición, se sirvieron de los nilómetros y los ibis para el control de los caprichos de la naturaleza. Los primeros eran unos pozos que situaron en Elefantina en los que se medía el caudal del río y que les servía para anticipar cómo iba a ser la crecida (entre 6 y o 8 metros aquí marcaba una crecida óptima), y en relación a los ibis, esas aves zancudas y de pico largo asociadas con Thot, porque se creía que su vuelo auguraba la llegada de las crecidas.

Además de convertir el desierto en tierras fértiles, de ser la principal vía de transporte y comunicación y de llenar las redes de los pescadores, ¿qué más proporcionaba el Nilo? Pues no se vayan todavía, aún hay más:

Lino. Proporcionó la fibra con la que se elaboraba la vestimenta en vida e incluso después de la muerte, también para fabricar pequeñas redes a modo de bolsas o trampas para pájaros, cuerdas e incluso fue el componente principal de los primeros tampones de la historia. La pelusa de lino se mezclaba con resina de acacia (nuestra goma arábiga) para hacer compacto este absorbente de higiene femenina.

Papiro. Con este planta fibrosa y acuática que puede alcanzar los 5 metros se elaboró, tras convertirlo en tiras delgadas, puestas a secar y prensadas, el soporte de escritura que sustituyó a las tablillas de barro. De hecho, papel deriva etimológicamente del latín papyrus. Y no solo rollos y rollos de papiro para escribir y pintar, también servía para elaborar cestos, esteras, sandalias, maromas y hasta pequeñas embarcaciones.

Excrementos de cocodrilo del Nilo. En Egipto encontraremos el primer método anticonceptivo femenino de la historia: una mezcla hecha con los excrementos de cocodrilo y miel. Las mujeres se aplicaban una fina capa de este emplaste en el cuello del útero que actuaba como barrera (por la viscosidad de la miel) y, además, se ha comprobado que las heces del cocodrilo son un poderoso espermicida por su elevada acidez.

Ya dijo el historiador griego Heródoto que “Egipto es un don del Nilo”

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