Síguenos
Raquel Fuertes

Amanecerá como un día más. Pero será verano hasta ponerse el sol. El otoño llegará al entrar la noche. No es de esperar que en el momento de cambio de solsticio a equinoccio sintamos algo diferente al instante anterior. Quizás ni sepamos que este año el otoño llega con unas horas de adelanto, el 22 en vez del más frecuente 23, hasta que leamos estas líneas.

¿Que qué importancia tiene? Desde luego, la que le queramos dar. Pero para quienes el final del verano es quizás el momento más triste, la tiene. Porque, aunque haga semanas que estamos inmersos en la vida de antes, cuando por fin se acaba, cuando ya no queda ni la prórroga de calendario, parece que todo fue apenas un suspiro, un sueño. O una mentira.

Los días sin horas. Mil planes que cambian una y mil veces para constatar que no hay planes. Mil ideas para aprovechar al máximo ese paréntesis de la realidad para luego desecharlas ante la inmediatez de lo inesperado, lo que surge o lo que, simplemente, sucede.

Una irrealidad que nos permite dejar fuera de nuestro registro alguno de los papeles que defendemos a diario en el teatro de la vida y que nos deja más cerca de lo que podríamos ser si no fuésemos esclavos de convenciones, obligaciones y decisiones.

Pero es el momento de volver a lo que la mayoría de nuestro tiempo consideramos mundo real y morir en vida arrastrados por la nostalgia no es opción. Por eso, después de vivir en esa irrealidad, por mucho que nos haga felices, lo mejor es dejarla atrás con olvido. A fin de cuentas, el otoño es como volver a casa. Con sus rutinas, con su comodidad, con su sabor reconocible. Esperando que entre lo previsible sepamos no caer en el hastío y que nos regale un día de sol o una tarde de lluvia que nos permita vagar por la melancolía. Que también es necesaria la tristeza.

Cuando se acaba el verano, por definición, empieza lo demás. Al menos todo lo que conforma nuestra vida adulta. Vendrá frío (cada vez más tarde), vendrá viento (casi siempre prescindible) y cambiará nuestro paisaje. Menos horas de luz y menos tiempo para pensar cuando todo invita a la introspección. Pero lo cierto es que nos volverá a atropellar la realidad de la vida que elegimos. Hasta que vuelva el verano.

El redactor recomienda