Síguenos
Raquel Fuertes

En un encuentro casual un conocido de la familia me dijo que lee mis columnas con cierta frecuencia y que alguna vez estaba de acuerdo con lo que escribía. “Pero no siempre, ¿eh? Además, eres muy comedida. ¡Mójate!”.

La posición de periodista siempre ha de tener un punto crítico con el poder. Ese punto de denuncia con el que ponemos en el punto de mira lo que hay que cambiar para mejorar la sociedad. Ahora con un gobierno, al menos nominalmente, de izquierdas, parece que cuesta arrancar una protesta ciudadana. Abandono mi comedimiento y me voy a mojar. Después de los días de chascarrillos sobre las madrugadas y findes de lavadoras y plancha nos está quedando una realidad que, de seguir esta tendencia, podremos llegar a calificar como cruel. Yo puedo poner la lavadora a las seis de la mañana (robando horas al sueño y siempre que no moleste a mi vecino). Vale. Pero, ¿qué hago cuando estamos a 41 grados y la tarifa de luz en ese momento es punta justo cuando la electricidad bate su precio récord? Pues apechugar y poner el aire acondicionado… mientras lo pueda pagar. O meterme en la bañera con agua helada. A fin de cuentas, ya hay algún político amenazando que al cambio climático (nadie lo duda ya, ¿no?) se le sumará la imposibilidad de mantener el confort térmico. Exabrupto inoportuno (irresponsable e indocumentado) aparte me sonó a un “Estamos jodidos” en toda regla.

Pero hay que mirar más allá: la mayoría de los negocios, sobreviviendo a la era covid, se enfrentan a un sobrecoste no presupuestado e imprescindible (apague usted la amasadora, la máquina de café, la impresora o la cadena de montaje en las horas punta) que pone aún más en la cuerda floja a las empresas que subsisten en este país.

Con Rajoy la luz subió (hablo de memoria) como un 8% y pedían barricadas. Ahora se va a duplicar (se multiplica por más de 20 la subida de la era PP) y nadie se rebela más allá de unos chistes de cuñao. ¿Por qué? ¿Por qué ahora el gobierno es de izquierdas y uno no se puede quejar? Pues no: hay que quejarse y pedir que actúen de forma solidaria, profesional y contundente contra estas subastas especulativas que nos empobrecen a todos. Menos a las eléctricas… y a los que están cogiendo turno en las puertas giratorias.

El redactor recomienda