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Raquel Fuertes

Escribo desde la terraza de un hotel con lo que en los folletos presentan como “vistas laterales al mar”. En medio de ese eufemismo que se puede traducir como “hasta aquí te puedes permitir y da gracias” diviso un mundo ideal en el que hace calor, pero sin agobiar. En el que el agua del mar es de un turquesa imposible y el agua del grifo no se bebe (por si acaso y por lo mal que sabe). La mascarilla, arrugada en un bolso de playa. Solo sale para pedir en el bar o restaurante de turno, comprar o dirigirme al recepcionista. Nadie la lleva. Estamos al aire libre y parece que todos hemos hecho promesa de no mencionar, ni mediante símbolos, la pandemia que desde hace año y medio persigue nuestras vidas.

Y en esta fantasía de olvido se habla en inglés, francés, italiano, alemán… El mundo aparenta volverse a ensanchar cuando, en realidad, estamos en una isla.

Sol, playa, comida internacional y ofertas para beber pintas y sangría desde el amanecer. Música en directo, terrazas que sirven copas a la luz de una luna que nos ha regalado tres días de plenitud y se mira en un mar en calma… Definitivamente, y en medio de tantas paradojas, todo invita al olvido. Pero todos los paraísos tienen una puerta de salida en su horizonte. Como en “El show de Truman”, al traspasarla pasamos al lado de la realidad, con sus imperfecciones y su implacable decadencia.

Sin ir más lejos, hoy es lunes. Alguien decía que agosto era un eterno domingo. Yo prefiero pensar en un sábado sin fin. Hasta que llega esta última semana en la que se mezcla la vuelta a la rutina de algunos (qué lejos quedan aquellas vacaciones del 1 al 31) y que para mí se convierte, indefectiblemente, en un domingo por la tarde. ¿Hay un día peor?

Y en esa larga tarde dominical, propicia para adioses e incertidumbres, leeré sobre Afganistán, en qué se va a convertir, lo mal que lo hemos hecho en occidente y cómo van a extinguir la libertad de, sobre todo, sus mujeres. Y olvidaré este paraíso con vistas laterales a un mar de matices imposibles mientras se acerca la vuelta a la vida de pandemia y sinrazón.

Y es que, aunque todo es olvido, no todo olvido es igual ni conlleva, necesariamente, paz, justicia o perdón.

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