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Raquel Fuertes

Cuando uno es joven solo piensa cuando sale de fiesta en el aquí y ahora. “Mañana” es un ente que no existe y la resaca es un mal trago que se olvida hasta la siguiente. Con el paso de los años, sin embargo, muchas veces uno asiste a las (escasas) fiestas con la mente más en las consecuencias del “día después” que centrado en el disfrute. Y es que las resacas se hacen más largas e intensas así pasan los años (lástima que esto no pase con todo…).

Y una mala resaca acaba con cualquier buen recuerdo fabricado en plena nebulosa etílica. Con los años, el pragmatismo, o tal vez la prudencia, lleva al “no vale la pena” y así es como uno acaba arriesgando poco y navegando sin sobresaltos en la zona de confort.

En política, sin embargo, parece que el arte de la prudencia o el temor a las consecuencias viven en un segundo plano. Y así los políticos se lanzan en campañas de arengas, promesas y exabruptos prometiendo lo imposible a quien esté dispuesto a tragar mentiras a palo seco o sin vaselina.

Esa borrachera preelectoral incluye ritos masivos en grupo. Abrazos. Fotos con niños y ancianos. Píldoras doradas para quien quiera dejarse engañar a sabiendas… En fin. Que me da igual el color porque allá donde van, cada uno dice aquello que saben que mejor acogida va a tener entre los asistentes según el perfil sociológico predominante. Vamos, como un Tinder pero de unos pocos (los que dan el mitin) con otros muchos que asisten esperando que les digan justo lo que necesitan oír. Borrachera para todos.

Y llega el gran día: las elecciones. Vamos, nos expresamos y luego esperamos que en el recuento ganen “los nuestros”. Y no. Porque en las resacas electorales de ahora nunca gana nadie. O quizás gane alguno que tiene menos votos o escaños, pero que se sabe decisivo. Y toca empezar a comulgar con ruedas de molino y tragarse las promesas regaladas en plena borrachera para pactar con los que en campaña eran el mismísimo diablo. Y es que en la resaca es cuando llega el momento de besar sapos que nunca nos planteamos siquiera rozar ni sobrios ni en plena melopea. O no. Y se decide romper con todo y empezar una nueva fiesta. Otras elecciones. Que, no olviden, vendrán con resaca. Como siempre, disfruten lo votado.

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