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Raquel Fuertes

Recuerdo perfectamente la sensación de decepción, desencanto, desazón y tristeza de aquel sábado. Tenía 6 años y llevaba días ingresada en la planta de pediatría del hospital. Una habitación enorme en la que era la única chica y en la que los menús carecían de atractivo.

La enfermera nos prometió que el sábado habría comida especial. La expectativa hizo más llevaderas las jornadas anteriores y el tiempo se hizo un poco menos lento en aquella era sin tele, sin maquinitas.

Llegó el sábado y allí estaba lo prometido: macarrones… ¡con champiñones! Por favor, ¿a quién se le ocurre poner setas en pasta para niños enfermos? Debí jurarme que jamás volvería a comer hongos en ninguna de sus formas en el resto de mis días. Poco después me dieron el alta y mi pensamiento solo estaba en volver a casa, olvidar los días de aburrimiento y dolor en aquella sala, lamentar la pérdida del cuento del patito feo y no volver a catar los champiñones.

Si me hubieran dicho entonces que un día cualquiera, décadas después, iba a comerme unos champiñones a medianoche por pura gula hubiera pensado que todos se habían vuelto locos. Pero así fue hace apenas dos días y puede repetirse en cualquier momento. Esta vez, en el primer mordisco tierno, jugoso y sabroso del champiñón recordé aquel momento de una infancia que creía perdida y esa renuncia a categóricas promesas formuladas en los 70.

¿Con cuántas cosas nos pasa esto a lo largo de una vida? ¿Cuántas promesas y juramentos hechos a nosotros mismos somos capaces de romper?

Sin duda, la trascendencia del champiñón es prácticamente nula. Puedo seguir viviendo sin sentir que he traicionado mis valores y principios, aunque de vez en cuando recurra a ellos como guarnición. Pero estas pequeñas cosas, de aparente insignificancia, son las que muchas veces nos hacen reflexionar sobre cómo evolucionamos y sobre cómo acabamos comulgando con ideas, actitudes o acciones que, en otro momento de nuestra vida, años atrás, nos parecieron ruedas de molino.

Si nos hubieran dicho cómo evolucionan nuestros prejuicios y creencias a lo largo de la vida quizás no hubiéramos hecho tantos juramentos en vano sobre nuestro futuro.

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