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Se me clavó tu nombre en el talón

Cristina Armunia Berges

Era una tarde fría, pero se cogieron de la mano y corrieron calle abajo atravesando el barrio de Chueca por la calle Libertad, una vía estrecha y gris casi siempre llena de vida. Estaba a punto de empezar el concierto. Era febrero o quizá marzo. Los días se confundían con las noches, los susurros y los acordes. Aquellos días hubo muchos pianos. En una película, en un parque y en una diminuta sala de conciertos en la que había actuaciones todos o casi todos los días de la semana por muy poco dinero. Los estudiantes y los parados se congregaban en el lugar, aunque no les sonase de nada el grupo. 

Más que una sala sofisticada era un bar cutre decorado con maderas de todos los colores, texturas y grosores. Todo manga por hombro y a punto de quebrarse. Y más que un concierto fue una estampa de los fines de semana que se resisten a terminar para que no llegue el lunes, el trabajo o la búsqueda de empleo. Reinaba el cansancio en las caras de la gente. Algunos solo habían pasado por casa para asearse. Era domingo por la tarde y los bostezos se adueñaban del lugar. ¿Quién había organizado ese concierto casi a la hora de cenar de un domingo?

Sin fuerzas para otra cerveza, muchos optaron por copas de vino que permanecieron llenas casi todo el concierto. También había botellines de agua y cacahuetes. 

Los asistentes podrían haber elegido ir al museo o jugar al ajedrez, pero escogieron apurar la tarde libre un poco más. Lo que más desgasta suele ser lo que más nos gusta y así nos va. 

Sentados sobre banquetas de madera mordisqueada, vetusta y fría, una veintena de personas no hizo más que ver y escuchar. La música duele y cura, es una mezcla entre droga y madre. No había mucho dinero en los bolsillos de los asistentes y, aun así, siguieron pidiendo vino barato acompañado de papas rancias y sueños rotos. 

La melancolía de los acordes de aquel piano produjo una ola de nostalgia. Los espectadores grises empezaron a echar de menos sin saber muy bien a qué o a quién. Comenzaron a sentir, justo en la boca del estómago, el dolor de los recuerdos y la ansiedad que produce la añoranza. Siguieron escuchando como si se tratase de la lección más importante de sus vidas y dejó de importar el mundo exterior más allá de la calle Libertad. Podría haber caído un meteorito en toda la Gran Vía y no se hubieran enterado.

No recuerdo el nombre del pianista, ni su rostro, ni qué llevaba puesto. ‘Se me clavó tu nombre en el talón’ fue la letanía triste de la noche, el nombre de la canción que sigue orbitando en mi cabeza desde entonces, aunque sin ritmo ni melodía.