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Vuelve la fiesta de la transmutación y el cambio: es la Vaquilla de siempre Vuelve la fiesta de la transmutación y el cambio: es la Vaquilla de siempre
Los vaquilleros tomaron la ciudad desde primera hora del sábado, pero fue tras la puesta del pañuelo cuando la alegría se desbordó definitivamente. Bykofoto / Antonio García

Vuelve la fiesta de la transmutación y el cambio: es la Vaquilla de siempre

Miles de turolenses y visitantes llenan las calles de la ciudad en un larguísimo sábado
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Tres años y un día. Suena a condena, pero cumplido el plazo, desde el 8 de julio de 2019 pasado, último Lunes de Vaquilla, miles de turolenses y visitantes dieron este sábado rienda suelta a las ganas acumuladas de fiesta y de Vaquilla tras esos tres años en blanco, no del blanco que nos gusta a todos, sino de blanco lavado y sin brillo que el sábado, con razón o sin razón, quedó atrás.

La primera gran jornada de la fiesta arrancó entre abrazos, risas y reencuentros. Nada nuevo. Pero la Vaquilla es la fiesta del cambio, de la transmutación. Del volverse todo patas arriba. Bien mirado ni siquiera debería sorprender que hasta el hierro del Torico se mute en bronce, porque Teruel entera se convierte a última hora de la mañana del sábado de Vaquilla en una gigantesca piedra filosofal que lo transmuta todo a su paso. Un piedra filosofal que quizá no de para conseguir la inmortalidad -tampoco hay que exagerar-, pero que lo cambia todo.  Nos ha cambiado porque ahora sabemos que no hay verdades inmutables, que hay que agarrar el presente por los pelos y que nadie nos asegura que mañana vaya a amanecer de nuevo o que el cielo no se vaya a desplomar sobre la aldea de Asterix, en plena Galia Vaciada, después de haber sido testigos de dos años en los que la Vaquilla pasó de puntillas por el calendario y el Torico de cabeza por la plaza. Lo nunca visto en 80 años, desde que vivimos en relativa paz.
 

Una de las charangas que inundaron el sábado las calles de Teruel. Bykofoto / Antonio García


Todo cambia, todo transmuta, en hierro en bronce, el rapilento en un vendaval, el rojo de los semáforos en verde -el Ambar sigue siendo Ambar-, el orden a la fuerza en el caos porque sí, los puntos morados en violetas por esa santa manía nuestra de endosarles a los colores matices de los que muchos no pueden hablar sin amenazar ni sentirse amenazados; el silencio insoportable en ruido insoportable, la noche en día, el día en noche, y la previa del domingo más cercano a San Cristóbal en una tarde de locura colectiva. Las explanadas se convierten en aparcamientos de una terminal aeroportuaria, los resistiré en vivas a la Vaquilla, las mascarillas en gafas de sol rojas, verdes y amarillas, las personas respetables en personas respetadas, los pisotones en disculpas y los berrinches llenando el depósito del coche en discusiones por pagar la última ronda.

De la transfiguración de Macos 9.2; “y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve, tanto que ningún lavador en la Tierra los puede hacer tan blancos”, quedaba poca cosa desde un buen rato antes de la puesta del pañuelo. Los brillantes peñistas, con el uniforme tableteado por el vino y la alegría, se encaminaron después con paso errático en un peregrinar de peña en peña, de abrazo en abrazo y de capazo en capazo. Cada cual vive su fiesta, que también cambia con los años, sin que -en la mayor parte de los casos- los unos molesten a los otros.
 

Unos jóvenes se divierten en la Peña El Ajo. Bykofoto / Antonio García


Cuadros para todos los gustos; una charanga de Madrid, los New Tocados, que llevan doce años viniendo a la Vaquilla y que apuran una caña porque lo que quieren es liarse a tocar; un grupo de chicas de Zaragoza que acaban de llegar a Teruel -son las 17 horas­- y esperan sentadas en pleno Viaducto sobre sus maletas a que ocurra algo. No han pasado ni diez minutos y ya han volado de allí. Y un grupo de valencianos, viejos amigos de Teruel, que en el fragor de la batalla, mientras el pañuelo se anudaba al cuello del Torico, han perdido un teléfono móvil y las llaves del coche. “Hemos llamado, nos lo ha cogido alguien, y dice que ahora viene a traérnos las dos cosas”, dice Javier, con una sonrisa de oreja a oreja y una camiseta que parece la elástica de la selección nacional de Venezuela. Las consabidas despedidas de soltero, los grupos resistentes a quitarse los vaqueros y un grupo de Castellón que se ha traído su propia columna de cartón piedra con Torico y todo.

Todo se transmuta porque muchas cosas tienen que cambiar para que sean como siempre. La alquimia cíclica del tiempo actúa, reacciona y vuelve a actuar. En cuatro días será de nuevo invierno y quien sabe lo que nos traerá, además de nieve. Así que, de momento, el que pueda que sonría.

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