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Raquel Fuertes

Hacía dos años que no hacía tanto calor. Dos años… suena tan lejano que solo el golpe (de calor) nos devuelve a la realidad: estamos conviviendo (no sé si Fernando Simón ya lo ha confirmado o seguirá enquistado en sus “uno o dos”) con la quinta ola a la vez que peleamos contra todo lo demás de la vida y sus circunstancias.

Sin meterme en las circunstancias de cada cual (aquí cada palo ha de aguantar su vela, esto funciona así), las circunstancias del entorno se van poniendo cada vez más ásperas para los de mi generación. Hasta ahora he vivido en la ignorancia de la clasificación. Pasé de millennials, no sé quiénes pertenecen a la generación Z y ahora resulta que soy de una generación con un nombre que para mí no significaba más que chicles kilométricos y chupa-chups: “boomer”.

Que éramos muchos ya lo sabía. No eran raras las clases de cuarenta en el colegio y en algunas facultades la gente se sentaba en pasillos y ventanas (a mitad de curso el censo bajaba, también es cierto). Los hijos de la recuperación española fuimos muchos y ahora estamos en la edad de los que suelen manejar el cotarro. Entre los cuarenta y los cincuenta y todos.

Sin embargo, ahí estamos. Comulgando con ruedas de molino. Si nos subía la luz Rajoy entre un 13 y un 15% (según la fuente consultada) había que ir a las barricadas. Nos la suben ahora entre un 30 y un 100% (sube más cuanto más a la derecha esté el medio, curiosamente), pues tan ricamente. Todo sea por el medioambiente (dicen, que yo no entiendo ni esto ni la factura). Pues ni lo de Rajoy ni lo de Sánchez, oiga. Tomadura de pelo una y otra.

Es solo un pequeño ejemplo de lo que estamos dispuestos a tragar social y económicamente mientras superamos sucesivamente las crisis de los cuarenta y los cincuenta hasta que llega Escrivá y, por fin, dice en voz alta lo que ningún político con responsabilidades ha reconocido hasta ahora: que somos muchos, más que los que vienen detrás y que a ver cómo se financia nuestra jubilación. Efectivamente, tenemos un problema, mirar hacia otro lado o desdecirse con “tuve un mal día” no es la solución. Ser profesional y proponer opciones es el camino. Porque la realidad y el presupuesto no se pueden estirar como un chicle.

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