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Raquel Fuertes

He tenido un sueño. Más que un sueño, una pesadilla. Malson en valenciano. Ha sido una noche muy extraña. Por mucho que se haya hablado y escrito sobre el “caloret faller”, el bochorno me recordaba más a esas noches de final de verano en los que, tras la tormenta, el calor húmedo impide conciliar el sueño.

Ayer volvía a casa con las fallas en pleno montaje, con los ninots a medio envolver y con la ciudad convertida en un caos de vallas imprevistas y carpas inoportunas. Ese caos y la inquietud latente desde enero se han metido en mis sueños.

Y he soñado que se cerraban las puertas. Que nos quedábamos en casa. Que camiones silenciosos se llevaban las fallas antes de que se acabaran de montar y que empezaban meses y meses de algo que se llamaba confinamiento en medio de una pandemia mundial al ritmo de “Resistiré”.

Meses de adicción a cifras de contagiados y muertos que, de puro habitual, pasaban de horror a estadística y rutina. Días de soledad, de desconfianza. De miedo. Incertidumbre que se convertía en desazón y que llevaba a muchos al borde de la depresión bailando boleros con la ansiedad. O a cometer estupideces impensables en un mundo normal.

Un tiempo extraño en el que se dejaba de trabajar en las oficinas y cualquier rincón de la casa se convertía en un puesto de trabajo al que se acudía en pijama, sin afeitar y/o sin siquiera sujetador.

Reuniones online hasta para tomar un vino con los amigos. Sin contacto. Al principio, peleas por bajar a comprar a supermercados sin legumbres ni papel higiénico. Luego, dejadez y no querer salir al mundo real. Solo redes y Netflix.

Y más muertos. Y más miedo. Y se ponían a investigar vacunas que parasen aquello. Y algunos decían que no pasaba nada y que era un invento de Bill Gates. Y algo que antes solo usaban los japoneses se hacía imprescindible para salir a la calle: mascarillas. A precio de oro. Sin sonrisas en algo que llamaban “nueva normalidad”. Sin bares…Todo muy raro.

El caso es que yo nunca recuerdo mis sueños. Hoy, 10 de marzo de 2020, ha sido un alivio salir a la calle y ver que las fallas siguen ahí, a medio montar. Y que, aunque haga más calor de lo normal, no es septiembre de 2021. Solo ha sido un malson.

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