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Raquel Fuertes

Justo cuando volvía a activar la alarma para que suene ininterrumpidamente de aquí a agosto, de lunes a viernes, a las 6:57 recordé un instante de días atrás, cuando conseguimos robar a esta primavera gris unos rayos de sol y una fugaz sensación de verano.

Estaba con el armario de la casa de verano abierto, buscando algo que ponerme, cuando vi pasar ante mis ojos fragmentos de los últimos ¿30, 40? años de mi vida. Toda esa ropa descatalogada, desclasificada, desparejada, pasada de moda que ha ido a parar a lo que probablemente sea su penúltima morada, sin esperanza alguna de que vengan tiempos mejores, condenada al olvido o esperando alguna salida imprevista motivada quizás por la urgencia o por la desesperación frente a un frío inoportuno o una cita que no requiera de ninguna etiqueta.

Sí, las casas de verano guardan esos recuerdos, secretos, trastos… que formaron parte de nuestro pasado y a los que pocas veces somos capaces de encontrar acomodo en nuestro presente. Siendo al final solo cosas, a veces no ocupan ni un espacio en nuestra memoria.

Viejos apuntes que nadie volverá a consultar. Libros que amarillearán sin que nadie vuelva a pasar sus páginas. Marcos con fotos de los que nadie sabe cuándo se perdió la pista. Adornos de vitrina a los que nadie volverá a quitar el polvo periódicamente…

Cosas que fueron presente y que se convierten en nada. Quizás en curiosidad encontrada por azar por alguien para quien no tiene más significado que el de cualquier otro objeto porque no conoce su historia. Y es así como lo que nació para convertirse en tesoro, fetiche, imprescindible, favorito o deseado pasa al rincón en el que se mueven recuerdo y olvido. Sin duda, paso previo a la desaparición.

Esas casas de verano quizás piensen lo mismo de nosotros. Habitantes intermitentes buscando descanso, paz, recuerdos, proyectos… Aves de paso a las que las paredes han visto crecer y envejecer y que un día, sin saber cómo ni por qué, dejarán de venir. Y quizás la casa se convierta entonces en pasado u olvido, aunque se construyese para ser tesoro o recuerdo.

Se acerca (dicen) el verano. Y la oportunidad de vivir de ese momento largo de la casa hecha para vivir ilusiones, sueños, vacaciones... Disfrutémosla y revivamos lo que guardan sus armarios. Antes de que dejemos de volver.

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