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Raquel Fuertes

No es hermosa, ni delicada y, aunque misteriosa, ni siquiera es elegante.

Nuestra tradición audiovisual, sin embargo, nos ha fabricado un dulce y consolador engaño. En aquellas magníficas películas de cine clásico, sin color, el moribundo podía despedirse de sus seres queridos, dejando dicho todo lo que no debe quedar en el olvido ni en el rincón de los secretos y, tras su magnífico discurso final, exhalaba su último suspiro antes de irse para siempre, ahí sí, con elegancia.

Sin embargo, la agonía que precede a la muerte cuando las circunstancias ya no dejan margen para otro desenlace, es sucia, sórdida, triste, devastadora… No son míos los adjetivos, pero son tan precisos y certeros que era justo transcribirlos.

Sí, la muerte es fea. Y amarga. Y deja tras de sí soledades. Para los creyentes siempre queda el recurso del reencuentro, de la vigía constante que les cuidará y guiará desde aquello que unos llaman cielo y otros, paraíso. Para los no creyentes la cosa se complica. Al principio, porque la ausencia es lo que más pesa entre la negación de lo ocurrido y el propio vacío se encarga de llenar el dolor. Pero pronto el recuerdo pasa a convertirse en compañía y brújula, algo, si lo piensan, muy similar a lo que les ocurre a los creyentes. Como alguien seguramente habrá dicho ya, nadie muere del todo si vive en el recuerdo de quienes le quisieron. Presencias ausentes que nos siguen acompañando.

Quizás el alma pase de ser nuestra conciencia en vida a la suma de recuerdos que dejamos en los demás al morir.

Al final, cada uno elige el consuelo que le hace más soportable la pérdida. Si las despedidas siempre son terribles, un último adiós no puede por menos que dejar desolación. Sin embargo, la tozudez de la vida no tiene límites: aprendemos a sobrellevar la separación, conviviendo intermitentemente con la tristeza, pero nos aferramos a nuestra existencia siendo, quizás, más conscientes del valor de la misma y de su fugacidad y fragilidad.

Tras compartir el dolor de mi amigo por su pérdida, pasaba entre los panteones reafirmándome en que no quiero acabar en un lugar así. Pero también entendiendo a los que en estos días reavivan el recuerdo y, con él, la memoria de sus muertos, dándoles significado a lo que fueron en lo que siguen siendo para ellos. Aunque sea entre lápidas y siemprevivas.

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