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Raquel Fuertes

Me pasa pocas veces. Muy pocas. Empezar a escribir una columna que hace días que va organizándose en mi cabeza y dejarla pasar. No continuar con una escritura de una idea que se presentaba fluida, clara, sin fisuras.

Pero hoy me ha pasado. Iba a contar cómo a mí también me hicieron bullying en el instituto o cómo se metían conmigo en el pueblo. Algunos compañeros ya lo han contado estas semanas desde las dos perspectivas: acosado y acosador. Pero no era justo para mis acosadores y quizás un poco desmedido vistas las pocas consecuencias (afortunadamente aquellos ataques no me destrozaron la vida y soy consciente de que a otros sí).

Y que si bien pasé página y olvidé a los que se metían conmigo a pesar de no ser ni gorda ni flaca, ni lista ni tonta, ni guapa ni fea y ni siquiera llevar gafas, lo que más me cuesta olvidar es las (pocas) veces que he estado en el otro lado: en el de los malotes maledicentes que acaban dejando en otros secuelas que en algunos son huellas imborrables. Pero sí, mis compañeros ya han hablado de sus orejas, de cómo atacaron al gordo de la clase y de cómo hubo sufrimiento para repartir mientras para el otro lado solo era entretenimiento. O maldad.

Quizás en este momento hay que darle una repensada y en vez de escribir esa columna en la que iba a contar que salí llorando de clase de matemáticas (¡en COU!, ya no éramos unos niños) habría que ver qué fue de unos y de otros en esta segunda parte de la vida.

En mi caso, a mis acosadores de instituto les perdí la pista. Solo vi a alguno (confieso que a la mayoría no los recuerdo) en el aniversario de graduación y comprobé que, aunque habían envejecido, seguían sin crecer. O sea, sin madurar.

En el caso de mis acosados sí sentí tanto remordimiento que pensé en que cualquier cosa mala que les haya pasado en la vida empezó con aquellas bromas poco inocentes con las que conseguimos que dejaran de ser como eran para intentar convertirse en lo que creían que los demás aceptarían. Un error de principiantes porque el problema lo teníamos los otros.

Al menos mi yo acosado sí entendió esto y así empecé mi segunda vuelta sin siquiera rencor. Valgan como pago mi olvido e indiferencia.

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