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Desde Tijuana a Jabaloyas: la íntima vuelta  a casa de Mariela Martínez Yagües Desde Tijuana a Jabaloyas: la íntima vuelta  a casa de Mariela Martínez Yagües
Mariela, junto a su familia, en la antigua casa de su abuelo

Desde Tijuana a Jabaloyas: la íntima vuelta a casa de Mariela Martínez Yagües

Esta nieta de vecinos que emigraron a México a principios del siglo pasado regresa a sus raíces
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Hace algo más de un año, la mexicana Mariela Martínez Yagües tomó una decisión que cambió su vida por completo: dejar atrás Tijuana, una ciudad frenética de más de dos millones de habitantes, para instalarse en Jabaloyas, en la Sierra de Albarracín, donde viven una veintena de personas en invierno.

Un salto geográfico de más de 10.000 kilómetros que, sin embargo, para ella supuso un regreso íntimo y natural. “Aquí es el lugar. ¿Qué ando buscando en otras tierras, si esta es la mía?”, se preguntó.

Una historia que viaja un siglo atrás

La familia Yagües salió de Jabaloyas hacia México a principios del siglo XX. El abuelo de Mariela dejó aquí a tres hermanos y, dos décadas después, se llevó con él a su madre, la bisabuela de Mariela, a Tijuana. Allí se asentaron definitivamente, sin imaginar que, generaciones después, una descendiente regresaría al punto de partida.El apellido sigue siendo reconocido: “El Yagües es importante en Jabaloyas”, afirma con orgullo.

Mariela visitó el pueblo por primera vez a los 14 años. Luego volvió fugazmente en 2021. Pero fue en 2024, en un viaje de tres meses buscando un lugar donde mudarse, cuando lo sintió con claridad. Había recorrido Andalucía y Cataluña, explorado alternativas, pero todo encajó cuando llegó a Jabaloyas en mayo. “Fue como volver a casa sin haber vivido aquí”.

Hace unos meses, alrededor de 50 mexicanos descendientes de familias originarias de Jabaloyas visitaron Teruel para reconectar con sus raíces, recorriendo el pueblo y descubriendo la tierra de sus antepasados. Para Mariela, sin embargo, la experiencia fue diferente: ella ya estaba instalada allí, viviendo el día a día que muchos solo pudieron conocer en esas visitas, y pudo compartir con ellos su vida cotidiana.

Del ruido perpetuo a un silencio que abrazas

Su vida en la frontera estaba marcada por el movimiento constante. Vivió en San Diego ocho años y antes en Rosarito, entre naturaleza pero a un paso del caos urbano. El tráfico, los kilómetros recorridos a diario, y la presión de cruzar la frontera para trabajar acabaron pesándole. “Yo lo que quería era salir de la ciudad, del bullicio, del tráfico. Quería vivir en un pueblo”, dice. Y lo encontró.

Tijuana tiene más de dos millones de habitantes. Jabaloyas, apenas 20. El contraste no podría ser mayor: de la densidad al vacío, del ruido a la calma absoluta. Pero para ella, el cambio es una liberación. “Aquí se vive muy a gusto. Es una vida más sana, más sencilla, más serena”.

En Jabaloyas, Mariela se despierta con silencio, no con sirenas ni tráfico. Va andando al bar del pueblo, que tiene justo enfrente de su casa. “Paso de trabajar a la vida social en un minuto; antes tardaba horas”. Sale a caminar por el monte, respira aire puro, trabaja sin prisas.

Una acogida que se siente como familia

Cuando llegó para “una semana” en agosto, acabó quedándose un mes. Se alojó en la casa rural, hizo amistad con sus dueños, y justo entonces quedó libre un apartamento municipal. “Me lo ofrecieron y me lo quedé en ese instante”. Dice que la recibieron “con los brazos abiertos” y que en el pueblo “todos nos ayudamos a todos”.

Se mueve entre vecinos que la saludan por su nombre, que la han visto llegar sola desde la otra punta del mundo para recuperar una historia que empezó aquí.

La nueva vida: teletrabajo, gallinas y un huerto

Mariela teletrabaja para la inmobiliaria familiar en Tijuana. “Mi hermano hace la mayoría del trabajo ahora, pero yo desde aquí también ayudo”, cuenta. A veces trabaja desde el apartamento; otras, desde el nuevo coworking municipal inaugurado este año.

Está reformando un pequeño estudio que será su casa definitiva. La obra avanza lenta, pero confía en que estará lista entre finales de este año y principios del próximo.Y mientras tanto, ha empezado a construir su pequeña autosuficiencia: “Tengo diez gallinas y quiero hacer un huerto”.

Ya tiene un terreno prestado por la esposa de su tío: allí sembrará verduras para su propio consumo. Una vida que ella resume como la felicidad de lo cotidiano.

Planes y futuro para el pueblo

Aunque prefiere no adelantar detalles (“cuando uno cuenta los proyectos antes, a veces no salen”, dice), sí planea emprender a través de varios proyectos. Siempre en Jabaloyas.

El pueblo, por su parte, tiene previsto abrir un albergue y un camping que podrían atraer teletrabajadores y nuevos vecinos. Ella lo ve como un paso fundamental para revitalizar la zona: “Si se abre el albergue y el camping, habrá más puestos de trabajo y más gente podrá vivir esto”.

Vivir lejos tiene un precio. Echa de menos a su familia, por supuesto. “Extraño a la familia bastante”, reconoce. Pero las nuevas tecnologías ayudan: “Gracias a las videollamadas puedo estar en contacto todo el tiempo”.

Además, la visitan con frecuencia. El océano ya no es una frontera impermeable.Y aun así, su arraigo en Jabaloyas es profundo. “Aquí me siento como si hubiera nacido aquí. Es algo extraño, pero me siento muy bien”.

Quizá sea porque este viaje no ha sido una huida, sino una vuelta. Una vuelta a aquello que todavía existía para recibirla: “Quisiera que el pueblo creciera más y que más gente tuviera la oportunidad de vivir esto”, dice.

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