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Dos enredaderas Dos enredaderas
Una ilustración de Anacleto Armunia (Asociación de Acuarelistas de Teruel)

Cristina Armunia Berges
La arena de la playa estaba tibia, las olas asomaban sobre la superficie azul oscuro, el olor del fondo del mar era sutilmente perceptible, hasta la orilla llegaban recuerdos que se podían respirar. Las dos chicas corrían sonrientes. De vez en cuando, se sentaban a descansar sobre un pañuelo morado asido al suelo con dos piedras y se cubrían con él. 

Jugaban con la arena. Moldearon un castillo, con una torre y un puente. Construyeron un fuerte para ellas, un refugio, un lugar seguro. E hicieron un pacto bajo la tela: cada vez que una de las dos se sintiera mal, cerraría los ojos e imaginaría estar dentro del castillo con la otra. De ese modo nunca estarían tristes. 

El cielo las cubría de un celeste intenso esa tarde, no hacía demasiado calor, se abrazaban. Sentían sus corazones vivos, latiendo en el pecho con fuerza. Los dos órganos al mismo ritmo. Seguían sonriendo. Sus cabellos se confundían, también sus manos y sus piernas. Imaginaban cuentos las tardes que pasaban juntas en la playa. 
*Una ilustración de Anacleto Armunia (Asociación de Acuarelistas de Teruel)

En ocasiones tenían que defender su castillo. Otras veces volaban sobre la isla y veían cómo la gente las miraba. Desde lo alto vieron el bosque, los acantilados, el valle de las estatuas... soñaban con tener una torre y vivir allí. Les dijeron que cuando fueran un poco más mayores, la gente del pueblo ayudaría a construirles una torre; un castillo les sería imposible. 

Quedaron satisfechas. Por ahora se conformaban con sus juegos en la arena. Dos enredaderas en un bosque frondoso, en una superficie arbolada, entre arbustos y maleza, se abrían hueco con sinuosas formas y con un verde intenso. Escalaban las cortezas de los árboles, decoraban con sus flores aquel mural uniforme. Sorteaban las dificultades y no se separaban. Eran dos enredaderas fuertes, curvas, cercanas, ardientes, bonitas. 

Pronto sus semillas hicieron brotar nuevas enredaderas que se iban dibujando en el paisaje. Las niñas las observaban y se hablaban al oído, tan siquiera si se oían susurros silenciosos cual sirenas suspirando aquella tarde azul, a las orillas de aquella playa tibia. Se hizo de noche, las flores cerraron sus capullos, las niñas se fueron a casa. 

Feliz y reivindicativo orgullo.
 

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