

La fiesta no es como es sino como nos la contamos
La ciudad vibró con las actividades peñistas alternativas a la MeriendaJimena no tendrá más de cuatro años y se acerca a Judith, que es peñista del Despiste y va disfrazada de hada, abriendo de par en par unos ojos negros que te mueres de verlos. Ella escamotea el vaso plastiquero que sujeta, con tinto de verano -que bien mirado parece una poción mágica- y saca un frasquito donde guarda polvo de hada, con el que embadurna a la niña que no puede apartar la mirada de sus orejas de elfa. Las orejas son en realidad del Todo a Cien -un milennial tendrá que preguntarle a ChatGPT qué significa eso- y el polvo de hada una cosa verde y pegajosa que ni de lejos proporciona la capacidad de volar. Pero para Jimena y sus ojos negros Judith es un hada legítima recién llegada del país de las hadas, o de dónde quiera que vengan las hadas.
Ya lo intuyeron Kant, Piaget o el postmoderno de Foucault -el filósofo, no el del péndulo-. Lo dicen neurocientíficos prestigiosos como el turolense Diego Redolar, y hasta algunos libros de autoayuda. La vida no es como es, sino como nos la contamos.

Y un Domingo de Vaquilla como el de este domingo puede ser un día caluroso en el que no tenemos un lugar a la sombra para la Merienda, el cansancio comienza a pasar factura y las calles parecen un puñetero carnaval, o el día perfecto para reencontrarse con un viejo amigo, para cruzar las primeras palabras con un perfecto desconocido o simplemente para pasear haciendo un ranking mental del disfraz más ocurrente e imaginar qué clase de persona piensa y respira bajo la malla amarilla del coñac Terry o de ese mono tan ceñido de Spiderman.
Uno puede ver políticos de alcurnia y signo contrario con alguna copa de más, algún tipo mazao con aspecto amenazante que se interpone entre nosotros y la barra o una chica preocupada porque ha perdido a sus amigas en la marabunta. O puede ver sencillamente gente sonriente y en paz, con gran disposición a iniciar una conversación breve, placentera e intrascendente y a reir casi cualquier chiste formulado sin mala intención.
Por más que se empeñe, uno no puede elegir si va a conseguir un palco a la sombra durante la subasta, no puede elegir si va a llover en la plaza del Torico, tampoco quién va a ganar Wimbledon y desde luego no puede elegir la qué hora empieza el tributo a Rafaela Carrá en El Despadre, ni si estaremos tan guapos cuando lleguemos a la edad de los 6 socios fundadores de esa peña, que este domingo recibieron un homenaje por el 50 aniversario. Pero sí que se puede decidir hacer algo que merezca la pena homenajear, aguantar sin quejarse aunque la peluca dé un calor de narices, revolcarse en los charcos como cuando teníamos 8 años, disfrutar de un buen partido aunque pierda tu tenista favorito o marcarse el baile de nuestra vida aunque el chumba-chumba de la discomóvil sea anónimo y atronador.

Tampoco se puede elegir ir o no a la Merienda del Domingo de Vaquilla porque no se cabe, pero puestos a tomar decisiones esa tarde hay un millón -bueno, quizá no tantas, pero hoy estoy optimista- de alternativas para elegir. Desde karaokes donde es obligatorio vestirse de años 80 -como si la mayoría de los generación X no lo hiciéramos todos los días de forma inconsciente- hasta una fiesta de reggaetón antiguo -tuve que preguntarle a ChatGPT qué demonios es eso-, pasando por varios tributos -dentro de poco habrá que hacer tributos de los tributos-: a Elvis Presley, Melendi, Estopa, Loquillo, El Canto del Loco o a Raffaela Carrá, que comenzó una hora tarde -¿qué mas da?-, Dj’s de todo pelaje y condición, música en directo, con orquestas y artistas como Leticia Sabater -por si alguien vive en algún agujero y todavía no ha podido verla en ningún pueblo de la provincia-, el rey del baile en línea Coyote Dax o Benito Kamelas -son cuatro días, para olvidarnos de las hostias de la vida-.

La canción Teruel del de Benetússer es uno de los himnos que estamos pudiendo escuchar en la Vaquilla 2025, junto a otros tres: la Potra Salvaje Remix de Fernando Moreno por razones obvias, Vaquillas de Bandurrock porque es divertidísima y la tercera versión que se ha grabado del himno oficial de García Abril -después de las que ya existían para Banda y para Charanga; antes había dos y ahora hay tres... no es tan difícil- cuyos arreglos ha creado Fran Gallego, uno de los mejores músicos vivos de Teruel. Uno puede decidir que ese tema no le gusta, o que es una pura maravilla.
Y es que a las canciones les pasa lo mismo que a la fiesta y que a la vida. Lo mismo que a la espera mientras nos sirven en una barra, que a las salchipapas que cenaron muchos este domingo, o que al madrugón -o el trasnocheo- para ver los ensogados; que no es lo que es, sino lo que nos contamos que es.
Al final uno puede decidir como se quiere contar la fiesta a sí mismo. Puede ponerse o poner a los demás en peligro o mear en cualquier rincón infame, o puede colocarse unas chapita de esas de I love life -o I love María, Braulio, María Pilar o Aniceto, que tanto da- y echarse unas risas, que para eso estamos aquí. Como dijo el bueno de Miguel López, sujetarse un pelín, no destruirse ni destruir y empeñarse en que el amor sea lo único de derrochemos.
Quizá dentro de unos años Jimena, la niña de los ojos negros que te mueres, aprenda lo que es un Domingo de Vaquilla, intente colarse en la Merienda de la plaza de toros o tenga que ahorrar para hacerse de una peña. Pero Judith siempre será ese hada que se le apareció por sorpresa un día de mucho calor en el que había música por la calle. La roció con polvos de hada, aceptó hacerse una foto con ella y se marchó volando. ¡Menuda suerte!
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