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Resiliencia trufera Resiliencia trufera

Resiliencia trufera

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Cruz Aguilar
Si hay un producto en esta provincia que merece tener una Identificación Geográfica Protegida (IGP) es sin duda la trufa. Y no porque de cada 104 toneladas que se cogen en Aragón 100 sean Made in Teruel, ni porque nutra los mercados mundiales hasta el punto de que, si nieva en Sarrión y no se puede salir al campo, el hongo que se consume en Abu Dabi se paga a precio de oro. Tampoco porque tengamos 10.000 hectáreas truferas plantadas o porque seamos los que más fincas tenemos con riego. Ni siquiera porque nuestra provincia sea el lugar que más viveros tiene especializados en plantas micorrizadas del mundo. Necesitamos esa calidad para nuestro diamante negro para reconocer, de una vez por todas, el trabajo de esos locos de la trufa, como ellos mismos se autodenominan, que en su día decidieron echar raíces profundas y hacerlo con lo único que en ese momento les daba la tierra, que eran unas patatas negras y que olían fuerte. La apuesta fue arriesga, intentaron cultivar algo que hasta ese momento solo crecía silvestre. Las truferas cada vez daban menos, se desconoce si por la sobreexplotación de las truferas, el cambio climático, la presencia masiva de jabalíes o por todo ello. Aprendieron la técnica de los franceses, pero los resultados allí no eran buenos en ese momento y no lo han sido después. Los truferos de Teruel buscaron en sus infértiles tierras un futuro que entonces veían negro y que acabo siendo negro, pero por las toneladas y toneladas de trufa que han logrado extraer desde que plantaron esas primeras carrascas importadas. Arriesgaron su dinero, pero siendo justos, la pérdida en lo que a las tierras se refiere era más bien poca porque apenas sacaban nada de ellas. La palabra resiliencia, ahora tan de moda, es la que mejor define a esos pioneros. Significa “capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos”. Los locos de la trufa hicieron de la adversidad virtud y, 40 años después, el colegio de Sarrión es de los pocos que crece en toda la provincia de Teruel.Si hay un producto en esta provincia que merece tener una Identificación Geográfica Protegida (IGP) es sin duda la trufa. Y no porque de cada 104 toneladas que se cogen en Aragón 100 sean Made in Teruel, ni porque nutra los mercados mundiales hasta el punto de que, si nieva en Sarrión y no se puede salir al campo, el hongo que se consume en Abu Dabi se paga a precio de oro. Tampoco porque tengamos 10.000 hectáreas truferas plantadas o porque seamos los que más fincas tenemos con riego. Ni siquiera porque nuestra provincia sea el lugar que más viveros tiene especializados en plantas micorrizadas del mundo. Necesitamos esa calidad para nuestro diamante negro para reconocer, de una vez por todas, el trabajo de esos locos de la trufa, como ellos mismos se autodenominan, que en su día decidieron echar raíces profundas y hacerlo con lo único que en ese momento les daba la tierra, que eran unas patatas negras y que olían fuerte. La apuesta fue arriesga, intentaron cultivar algo que hasta ese momento solo crecía silvestre. Las truferas cada vez daban menos, se desconoce si por la sobreexplotación de las truferas, el cambio climático, la presencia masiva de jabalíes o por todo ello. Aprendieron la técnica de los franceses, pero los resultados allí no eran buenos en ese momento y no lo han sido después. Los truferos de Teruel buscaron en sus infértiles tierras un futuro que entonces veían negro y que acabo siendo negro, pero por las toneladas y toneladas de trufa que han logrado extraer desde que plantaron esas primeras carrascas importadas. Arriesgaron su dinero, pero siendo justos, la pérdida en lo que a las tierras se refiere era más bien poca porque apenas sacaban nada de ellas. La palabra resiliencia, ahora tan de moda, es la que mejor define a esos pioneros. Significa “capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos”. Los locos de la trufa hicieron de la adversidad virtud y, 40 años después, el colegio de Sarrión es de los pocos que crece en toda la provincia de Teruel.

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